El rostro del hombre transpira amenaza, su cuerpo se mueve con rabia y torpeza hacia quien sostiene su celular, como si se tratara de un escudo. Su única defensa es revelar el rostro desencajado de su agresor, hacerlo público, viral. El hombre modula los insultos deletreando cada palabra, a la par que su brazo levanta un machete afilado. La imagen se replica una y otra vez, como si se tratara de una versión siniestra de un reto de TikTok. Son otros los protagonistas, pero la rabia, el absurdo, la amenaza de muerte, las palabras como alacranes son las mismas. Hombres y mujeres con el rostro abrazado de odio, de impotencia, escupiendo insultos y amenazas.
Este clima de ánimos crispados, donde parece primar la rabia sobre la razón, el descontrol sobre la calma, tiene un aire tóxico familiar en la historia cruel de este país que tiene por costumbre vivir al borde de sí mismo. Colombia tiene días en que se asemeja a un toxicómano a punto de recaer en la grieta de su propio laberinto.
Las violencias que nos atormentan, como demonios arcaicos, han ido enredándonos la cabeza y desajustándonos el ánimo. Su persistencia ha desgarrado el frágil tejido de nuestra sociedad y ha dejado cicatrices en el tiempo. La violencia tiene la capacidad de reinventarse. Cambia de lenguaje, de escenarios y de protagonistas, pero conserva mecanismos que le permiten su reproducción. Así lo hizo en el periodo bautizado como “La Violencia” (1946 – 1958) y así se observa ahora, en tiempos de TikTok, Instagram y Facebook. No se trata de caer en la analogía simple de señalar que este aire tóxico es el mismo de esos años sin tregua, pero sí vale la pena pensar en cómo se mantienen funcionando los mecanismos de producción del antagonismo político.
En ese sentido, es posible rastrear entre el ruido y el polvo de la trifulca diaria el susurro de los medios de comunicación y las instituciones que se encargan del intrincado espíritu humano, las iglesias. Estos dos actores fundamentales en la manera como percibimos la realidad, han estado presentes en distintos momentos de nuestra historia, aunque con alcances, funciones y formas de intervención diferentes.
Gonzalo Sánchez es uno de los referentes más importantes sobre este periodo histórico. En su obra expone cómo en diferentes regiones del país la confrontación entre liberales y conservadores adquirió una dimensión religiosa. La perspectiva conservadora se identificaba frecuentemente con el catolicismo, mientras que su contraparte se asociaba como enemiga de la religión. Esto se debe a que el púlpito, en especial en las áreas rurales, era usado para orientar el voto, legitimar al Partido Conservador y presentar al Partido Liberal como una amenaza para la moral y el orden social. De esta manera se fortalecía un imaginario político, que adquirió rasgos de cruzada religiosa. (Para mayor información vale la pena consultar los libros: La violencia en Colombia y Bandoleros, gamonales y campesinos) Estos estudios muestran cómo los discursos religiosos contribuyeron a reforzar identidades políticas excluyentes.
Durante estos años amargos, sectores de las élites conservadoras construyeron la figura del enemigo político con notable sistematicidad y cálculo. Las ideas liberales y sus representantes eran retratados como ateos, masones, comunistas o enemigos de Dios. Con la llegada de la guerra fría, el enfoque se transformó pero conservó su lógica excluyente: el sindicalismo, la defensa de los derechos humanos, el liderazgo social y la oposición política comenzaron a ser asociados con la amenaza de la subversión.
Bajo esta lógica, el adversario político, deja de ser percibido como alguien que piensa distinto y pasa a convertirse en una amenaza existencial. En otras palabras, la percepción sobre otra persona, no se limita a una diferencia en la forma de pensar, se trata de que es percibida como un peligro para una idea de nación, de familia, de orden social. Este mecanismo, aún se encuentra presente en el debate contemporáneo.
Ahora bien, en los años difíciles de la violencia, el ecosistema mediático era distinto, pues no existía la televisión masiva, ni internet con sus sofisticados mecanismos de circulación de la información y desinformación. La influencia mediática tenía como fuente principal la prensa escrita de gran distribución, las emisoras regionales y los boletines eclesiásticos. Los periódicos funcionaban como cuarteles desde donde se planificaba y ejecutaba el combate político. Un ejemplo de ello fue el periódico El Siglo, muy ligado al pensamiento de Laureano Gómez. El líder del partido conservador, ejercía como gran dragón del pensamiento antiliberal y anticomunista. Su admiración por diversos aspectos de los regímenes autoritarios europeos de la época quedó ampliamente documentada y ha sido objeto de diversos análisis históricos.
En esos años, como ocurre también en distintos contextos contemporáneos, muchos medios de comunicación no actuaban como simples observadores de la realidad política. Con frecuencia intervenían en ella, contribuyendo a movilizar adhesiones, reforzar identidades partidistas y legitimar determinadas interpretaciones de los hechos.
Ahora bien, la prensa con sesgo partidista e ideológico, no desapareció tras el derrumbe del muro de Berlín, ni debido a la expansión de internet y su laberinto de espejos, solo supo adaptarse y adquirir formas más sofisticadas de producción ideológica. Hoy resulta poco frecuente encontrar medios que inviten expresamente a votar por un candidato determinado. Sin embargo, la influencia política puede manifestarse de formas más sutiles: es posible rastrear agendas mediáticas (temas que no se abordan, o se abordan superficialmente) encuadres narrativos, jerarquización de acontecimientos o la construcción diferencial de legitimidad para determinados actores políticos. Autores como Pierre Bourdieu, Noam Chomsky y Edward S Herman, han estudiado estos mecanismos de construcción simbólica y fabricación de consenso.
Así como los medios se adaptaron a los nuevos tiempos, el panorama religioso en Colombia también experimentó transformaciones importantes. Las iglesias evangélicas y pentecostales emergieron como actores políticos capaces de disputar espacios de influencia que durante décadas estuvieron dominados casi de manera exclusiva por la iglesia Católica. Esto significa que su influencia en la discusión sobre temas como familia, género, educación, salud reproductiva, aborto, derechos de las comunidades lgtbiq+, derechos de las mujeres, la paz, es clave y con frecuencia se plantean en términos morales absolutos. Esto fue evidente en el plebiscito de 2016.
Diversos estudios han documentado la forma en que sectores políticos y religiosos utilizaron la noción de “ideología de género” como un poderoso recurso discursivo para movilizar la oposición al Acuerdo de Paz. La campaña por el NO se apoyó en temores morales profundamente arraigados en amplios sectores de la población y logró articular actores políticos, organizaciones religiosas, medios de comunicación y redes sociales.
Aunque la Colombia contemporánea es muy diferente a la de la época de La Violencia bipartidista, los mecanismos de producción del antagonismo político se sostienen como malas hierbas. En esos años aciagos, que muchas veces se parecen a estos, los periódicos partidistas y sectores de la iglesia católica contribuyeron a transformar al adversario político en enemigo mortal; hoy los medios corporativos, las redes sociales y algunas organizaciones religiosas pueden contribuir, en determinadas circunstancias a reproducir narrativas basadas en el miedo, la sospecha o la amenaza moral. El resultado es el deterioro del debate democrático y la consolidación de visiones que convierten la diferencia política en una confrontación existencial.
Nuestra historia de rostros deformados por el odio, la rabia y el miedo muestra que los periodos de mayor división no brotan únicamente debido a diferencias ideológicas. Se nutren de hiel cuando sectores con gran capacidad de influencia simbólica – partidos políticos, caudillos, medios de comunicación corporativos e instituciones religiosas - deshumanizan al contrario y lo convierten en enemigo moral. Este ejercicio perverso deteriora gravemente el tejido social, instiga la violencia, anula el debate, ya que dejamos de discutir ideas, acallamos el intercambio de perspectivas y priorizamos el miedo. Si comenzamos a imaginar que quien piensa distinto es una amenaza que debe ser derrotada, destripada, eliminada antes que un par con quien debemos coexistir, estamos perpetuando un discurso que solo nos ha sumido en la desesperanza, el dolor y la desazón. Un ciclo que parece perpetuarse en el tiempo, como una serpiente que no encuentra otro destino que devorarse a sí misma.
Si continuamos viendo enemigos donde deberían existir adversarios, seguiremos recorriendo el mismo camino trágico de otros días. Nuestra historia demuestra que ninguna sociedad sale indemne cuando el temor sustituye al diálogo y la deshumanización anula el lugar de la política.
Juan Ladrón de Guevara Parra
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