Una ciudadanía estimulada hasta el aturdimiento, con el ritmo cardíaco desbocado. Incapaz de respirar, con el rostro agitado y enrarecido. Desfigurado por la rabia, la frustración o la desidia. Rostros estragados, de mirada ausente. Superficialidad e insolencia. Las noticias se sobreponen, las declaraciones altisonantes saben ladrar, el caudillo anuncia medidas absurdas y arbitrarias entre gritos. Sus dedos acusan sin pruebas. La crispación cotidiana nubla la razón y naturaliza la arbitrariedad.
Habitamos una realidad entre rezos y amenazas. La gente vive con un taladro pegado al oído. El algoritmo es un sabueso, adiestrado para olfatear nuestros miedos y, al mismo tiempo, un arquitecto capaz de diseñarlos a la medida.
La nueva ultraderecha latinoamericana ha comprendido que el algoritmo no solamente puede ayudar a conquistar el poder. Puede convertirse también en una herramienta para administrarlo, justificarlo y construir la percepción que la sociedad tiene de él.
Las viejas dictaduras del siglo XX necesitaban censurar periódicos, cerrar emisoras, perseguir periodistas incómodos y controlar la televisión. Las nuevas formas de dominación pueden ser más sofisticadas. No necesitan decirle a la ciudadanía qué pensar. Les basta con conseguir que cada persona reciba, durante horas, días y meses, aquello que confirma lo que ya piensa.
Si bien el algoritmo no tiene una ideología propia. Sí responde a incentivos: premia la interacción, la controversia, la indignación, el miedo y todo aquello que consigue mantenernos adictos a estar conectados. Y ahí aparece su enorme potencial político, pues no solamente organiza la información: organiza nuestra atención.
Ese cambio resulta fundamental. Durante una campaña electoral, el objetivo puede ser conquistar votos. Pero cuando termina la campaña comienza otra batalla: conseguir que la ciudadanía interprete el ejercicio del Gobierno dentro del relato que el propio Gobierno necesita construir.
El gobernante contemporáneo ya no solamente gobierna. También produce contenido.
La decisión política se convierte en video. El operativo militar se transforma en espectáculo, la controversia de zanja con un trino. La captura se convierte en publicación. Los cadáveres de un bombardeo en trofeos expuestos. El enemigo se convierte en meme. El discurso se reduce a un fragmento de pocos segundos. El conflicto se convierte en tendencia. Y el resultado de una política pública puede terminar siendo menos importante que la imagen que consigue producir.
Colombia ofrece un ejemplo particularmente revelador. Una investigación reciente sobre la conversación digital durante la campaña presidencial identificó redes coordinadas, cuentas falsas y comunidades anómalas capaces de intervenir masivamente en las conversaciones políticas. Pero el fenómeno no terminó con las elecciones. La misma lógica puede trasladarse al ejercicio cotidiano del Gobierno: construir una agenda permanente de enemigos, amenazas, triunfos y agravios. (chequeado.com)
La política deja entonces de ser solamente administración del Estado y se convierte en performance permanente.Argentina muestra una dinámica semejante. Investigaciones sobre la comunicación digital del Gobierno de Javier Milei han encontrado una fuerte presencia de confrontación, emocionalidad y contenidos hostiles, asociados a mayores niveles de interacción. El conflicto no aparece como un accidente de la comunicación política: puede convertirse en su combustible. (ricsh.org.mx) El algoritmo no necesita convencernos de que nuestro adversario es malo. Solo necesita mostrarnos suficientes veces que debemos odiarlo.
Perú permite observar otra dimensión. Durante las elecciones de 2026, el Jurado Nacional de Elecciones registró centenares de alertas de desinformación y detectó contenidos manipulados mediante inteligencia artificial que circularon por TikTok, WhatsApp y otros espacios digitales. Pero el problema trasciende la elección: las mismas plataformas que pueden deformar una campaña pueden modificar posteriormente la percepción que tenemos de las decisiones de un Gobierno. (elperuano.pe)
El algoritmo también puede fabricar un presente permanente.
Un escándalo desplaza al anterior antes de que podamos comprenderlo. Una declaración estridente sepulta una política pública que va en contraria de la sociedad. Una amenaza ocupa el lugar de una discusión. Una mentira repetida durante suficiente tiempo adquiere la familiaridad de una verdad. Y una sucesión interminable de imágenes termina produciendo una ciudadanía exhausta, incapaz de distinguir entre lo importante y lo simplemente estridente. Este es uno de los mayores peligros pues el algoritmo puede convertir lo excepcional en cotidiano.
Un insulto presidencial. Una teoría conspirativa que se viraliza. Una imagen de violencia. Una descalificación de la prensa. Después de suficientes repeticiones, dejan de producir sorpresa. La sociedad se acostumbra. Y aquello que nos acostumbramos a ver termina pareciéndonos normal.
La ultraderecha ha entendido además que esta maquinaria digital puede conectarse con estructuras sociales preexistentes. Las iglesias evangélicas y carismáticas, por ejemplo, poseen comunidades, liderazgos, territorios y vínculos de confianza que ninguna plataforma puede fabricar por sí misma. La iglesia proporciona comunidad; el político proporciona una narrativa; el enemigo proporciona cohesión; y el algoritmo multiplica el mensaje.
Si bien la ciudadanía no cuenta con suficiente evidencia para asegurar que Washington, Israel, las iglesias evangélicas y las derechas latinoamericanas han diseñado conjuntamente una máquina para conquistar el continente. Lo que sí podemos observar es la convergencia de intereses, discursos, tecnologías y redes de influencia alrededor de determinadas agendas políticas, religiosas y geopolíticas que han ido consolidándose en las decisiones electorales de este año a lo largo del continente.
Como vemos, el problema democrático consiste en saber quién controla las condiciones de visibilidad de la realidad. El algoritmo puede decidir qué indignación merece nuestra atención, qué enemigo debemos temer, qué fracaso debemos olvidar y qué supuesto éxito debemos celebrar. Puede ordenar el mundo sin necesidad de prohibirlo según su agenda.
Mientras, las antiguas dictaduras de gesto marcial y quepis se esforzaban por controlar lo que la gente podía decir. Las nuevas formas de dominación pueden aspirar a algo más profundo: controlar aquello que la gente considera verdadero, urgente y posible.
Quizá esta sea la verdadera dictadura del algoritmo: no obligarnos a pensar de una determinada manera, sino construir para cada persona una realidad en la que cualquier otra forma de pensar parezca ridícula y por tanto descartable. En esa medida, el algoritmo no necesita gobernarnos. Le basta con organizar el paisaje mental desde el cual juzgamos a quienes gobiernan. La manera de contrarrestar su influjo posiblemente sea preguntarnos todos los días, qué intereses se esconden en cada noticia estridente, en cada amenaza, o discurso grotesco del gobernante de turno.
Juan Ladrón de Guevara Parra