La política es representación. Desde las ceremonias imperiales en la Roma de los cesares hasta las coronaciones medievales, pasando por los imponentes desfiles militares de los regímenes totalitaristas del siglo XX, el poder sabe que gobernar no se limita al frío oficio de administrar instituciones o promulgar leyes. También implica crear imágenes capaces de despertar emociones, construir identidades y generar veneración y obediencia. No existe poder capaz de sostenerse en el tiempo por decretos. Necesita símbolos.
Hace casi un siglo, Walter Bemjamin advirtió sobre uno de los rasgos distintivos de los regímenes autoritarios, su capacidad para estetizar la política. Ante la anulación de la deliberación democrática por cuenta del algoritmo y su látigo, la imagen asciende a un lugar de privilegio. Los argumentos pierden terreno ante la escenografía; el debate es reemplazado por el espectáculo, la complejidad se diluye en una sucesión de gestos artificiales para producir adhesión emocional.
Guy Debord desarrolló esta idea al señalar que las sociedades contemporáneas viven encandiladas por la emotividad del espectáculo. En ese sentido, lo importante no es gobernar, sino producir y reproducir acontecimientos visuales que saturen constantemente el espacio público. La política se convierte entonces en una permanente puesta en escena donde cada gesto, cada fotografía, cada transmisión en directo y cada acto, desde los multitudinarios, hasta los más pueriles forman parte de una narrativa cuidadosamente diseñada que busca generar un efecto determinado en la audiencia.
Sin embargo, reducir este fenómeno al marketing político sería errado. Lo que observamos trasciende una estrategia comunicativa. Jeffrey Alexander denomina performance político al proceso mediante el cual los gobernantes representan públicamente determinados valores con el objetivo de construir legitimidad. El líder representa un papel y la ciudadanía asume el rol de audiencia cautiva; los símbolos funcionan como el lenguaje de esa representación. La eficacia del poder depende, en buena medida, de que esa puesta en escena parezca autentica.
En ese contexto adquiere relevancia un concepto que con frecuencia se malinterpreta: el kitsch. Kundera, explicó que el kitsch no se limita simplemente al mal gusto, o la exageración estética. Es, ante todo, la negación de todo aquello que introduce contradicción, conflicto o ambigüedad. El kitsch apuesta por representar un mundo donde no existen tensiones morales, únicamente certezas compartidas. Todo da la impresión de ser limpio, ordenado y emocionalmente cómodo.
Por este motivo, la estética kitsch resulta tan funcional a los proyectos autoritarios: el líder político tiende a aparecer rodeado de familias, soldados, niñas y niños, sacerdotes o pastores, biblias, banderas, símbolos patrios, sonrisas. El país se representa como una comunidad homogénea donde todas las personas comparten los mismos valores y enemigos. El conflicto desaparece porque aceptarlo implica reconocer la diversidad propia de cualquier democracia.
En Colombia comenzamos a observar este fenómeno con mayor intensidad desde hace un tiempo. La creciente presencia de iglesias evangélicas y pentecostales en la vida pública ha modificado profundamente el lenguaje simbólico en la política. En este punto conviene hacer una precisión: el problema no es la fe religiosa ni la participación en política de las comunidades creyentes, completamente legitimas en una sociedad democrática. El problema es cuando la simbología religiosa deja de expresar convicciones personales y pasa a desempeñar una función de legitimación del poder político.
La ceremonia de posesión presidencial del 7 de agosto, las oraciones antes o después de cualquier reunión de gabinete, la imposición de manos sobre el presidente electo, o, su gabinete ministerial, las referencias constantes a la voluntad divina, las apelaciones a Israel como modelo espiritual, la defensa con todos los dientes a la “familia tradicional” como núcleo vivo de la nación y la presentación de determinadas decisiones políticas como designios de la providencia conforman una escenografía cuidadosamente articulada. No son solo actos de fe, construyen un relato político.
Gramsci advirtió en sus escritos que cualquier discurso hegemónico depende en buena medida de su capacidad de crear sentido común. Los símbolos son decisivos en esta tarea porque consiguen transformar una determinada visión de mundo en una experiencia aparentemente natural. Cuando el poder se asocia con Dios, la patria, la familia y el orden moral, deja de presentarse como una opción política entre otras opciones y comienza a ser percibida como la expresión misma de lo correcto.
Por su parte, Althusser señalaba que las sociedades producen sujetos a través de múltiples aparatos ideológicos. Las instituciones religiosas desempeñan esta función cuando determinados discursos políticos presentan un proyecto específico como la única alternativa moralmente aceptable. No se trata de afirmar que todas las iglesias actúan de esa manera ni desconocer la diversidad de credos que habitan el ecosistema cristiano. Se trata de entender que los símbolos religiosos pueden ser utilizados para reforzar una determinada concepción del orden social y de la autoridad.
Ese mecanismo produce consecuencias de largo aliento. Chantal Mouffe insiste en que el verdadero ejercicio democrático necesita adversarios, no enemigos. Pero cuando la política comienza a expresarse mediante categorías religiosas absolutas, el adversario deja de ser alguien que piensa distinto y se transforma en una amenaza contra Dios, la familia, o, el país. La diferencia política entonces adquiere un carácter moral y, en ocasiones, teológico.
Aquí vale a la pena retomar a Johan Galtung. Su concepto de violencia cultural explica como determinados símbolos, relatos e imaginarios terminan por legitimar otras formas de violencia. Cuando un relato político se presenta como el defensor exclusivo del bien mientras descalifica a sus adversarios al asociarlos con el mal, el pecado o la destrucción del orden, la exclusión se legitima. Antes de la violencia directa, encarnada en la bala homicida, aparece una estética que al mismo tiempo la hace posible y la justifica.
Susan Sontag observó que las estéticas autoritarias no se limitan a impresionar. Aspiran a producir fascinación. La disciplina, la solemnidad, los rituales colectivos, la exaltación a la autoridad, la repetición de símbolos genera una sensación de unidad emocional que reduce el espacio para la duda. Cuando la duda se desvanece, el pensamiento crítico se encoje.
El asunto de fondo no es que el nuevo presidente rece en público o exprese su recién estrenada fe religiosa. Toda persona tiene derecho a manifestar sus creencias. El problema, como se ha indicado antes, es cuando deja de ser un asunto personal y se convierte en una herramienta para legitimar el ejercicio del poder. En ese momento disentir deja de ser una diferencia democrática y pasa a ser interpretada como una forma de herejía política.
El ejercicio democrático no solo se resquebraja cuando se restringen las libertades civiles o cuando languidecen las instituciones. También se quiebra en el momento en que la política deja de convocar a la ciudadanía en su conjunto y comienza a congregar creyentes, cuando el debate es reemplazado por el ritual; cuando el argumento cede su lugar a la coreografía y el poder deja de legitimarse en las razones para centrarse en las emociones.
El autoritarismo que ya se anuncia no solo gobernará con decretos, leyes o discursos altisonantes. Gobernará con imágenes. Y pocas de ellas resultan más eficaces que aquellas capaces de representar al poder no como una decisión de la ciudadanía, sino como una voluntad divina.
Juan Ladrón de Guevara Parra
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