La pregunta es una zancadilla. Incomoda, produce pequeños movimientos telúricos en las certezas. Las respuestas pueden ser discutidas, corregidas, o, en muchos casos, olvidadas. Las preguntas en, cambio, tienen la capacidad de poner en duda, lo que parecía inamovible. Quizá por esta condición, toda forma de poder, sin importar su signo ideológico, se esfuerza por controlar menos las respuestas que las preguntas. Quien tiene el dominio sobre las preguntas que una sociedad puede formularse, termina delimitando también el paisaje de las respuestas que esa sociedad se atreve a imaginar.
Habitamos una época saturada de información, que, paradójicamente rehúye la reflexión. Abundan los datos, las opiniones, las noticias; su circulación incesante hace que difundir una idea, o consumir miles de ellas sea de una sencillez y eficacia sin paralelo. En cuestión de minutos se expanden como virus por las redes. A pesar de ello, la abundancia de información no supone la existencia de una forma de pensamiento crítico. Informarse, no es lo mismo que comprender, y repetir argumentos no es equiparable con pensar.
El pensamiento crítico, con frecuencia, se confunde con una especie de actitud crítica en modo automático. No es vivir mirando por encima del hombro con sospecha, o, contradiciendo todo cuanto se escucha. Pensar críticamente no es ejercer el rechazo de cualquier afirmación por el hecho de ser adoptada por la mayoría de las personas, como tampoco se trata de adoptar una postura escéptica de base. Significa desarrollar la capacidad de examinar las ideas, contrastar evidencias, identificar los intereses que atraviesan los discursos y reconocer que lo que una sociedad considera “normal” es el resultado de procesos históricos e intrincadas relaciones de poder.
Paulo Freire sostenía que educar no consistía en atiborrar la mente de respuestas, sino en leer con conciencia crítica el mundo. Antes de aprender a decodificar palabras, aprendemos a leer la realidad. Esa lectura no es inocente. Está permeada por nuestra historia, por la cultura a la que pertenecemos y por la red de discursos que nos rodean. La educación renuncia a su identidad emancipadora cuando renuncia formar personas capaces de interpretar el mundo por sí mismas y se limita a producir individuos que memorizan respuestas sin cuestionar su origen.
Gramsci descubrió que el poder más efectivo no es el que se impone por la fuerza, sino el que logra convertirse en sentido común. La hegemonía funciona cuando determinadas ideas dejan de percibirse como interpretaciones y comienzan a experimentarse como evidencias. Nadie tiene que obligarnos a creerlas, porque las asumimos como naturales. Cuando el sentido común deja de ser incuestionable, comienza el pensamiento crítico. No es su intención destruir la naturaleza de las certezas, solo pretende preguntarse cómo llegaron a serlo.
Louis Althusser, como lo he comentado antes, fue más allá y explicó que ninguna sociedad se sostiene exclusivamente por medio de la coerción. Necesita de instituciones capaces de reproducir las condiciones que posibiliten su continuidad. La escuela, los medios de comunicación, las iglesias, la familia, incluso las formas del lenguaje contribuyen en la formación de sujetos que aprenden a interpretar el mundo de determinadas maneras. Ahora bien, no debemos asumir que esas instituciones sean simples mecanismos de dominación ni que quienes hacen parte de ellas sean conscientes de su rol como reproductoras de un orden determinado. Toda sociedad transmite creencias, valores y formas de interpretar la realidad. El pensamiento crítico aparece cuando somos capaces de reconocer ese proceso y preguntarnos si lo que nos han enseñado y hemos aprendido constituye una verdad universal o una construcción histórica.
Por eso es incómodo. Ejercer el pensamiento crítico implica interrumpir la comodidad de las respuestas heredadas. Implica preguntarse por qué ciertos problemas reciben todo el foco de la atención, mientras otros permanecen en tinieblas; por qué algunas voces son autorizadas y otras automáticamente descalificadas; por qué una lista de palabras produce desconfianza y miedo, otras certeza y confianza, mientras que algunas más son prohibidas. Quién interroga esas verdades aprendidas, deja de ser un consumidor pasivo de discursos para convertirse en una ciudadana, o ciudadano que examina con lupa las condiciones bajo las cuales esos discursos fueron creados.
Durante su cubrimiento del juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén (1961), Hanna Arendt observó que una de las características más inquietantes del totalitarismo era la capacidad de personas aparentemente convencionales para actuar sin detenerse a pensar en las consecuencias de sus actos. A pesar de sus crímenes Eichmann no se consideraba así mismo como un ser particularmente perverso. Fue su obediencia irreflexiva, más que su maldad calculada, la que lo llevó a ser condenado a muerte. La obediencia absoluta, más que la maldad, puede convertirse en el fundamento de incalculables tragedias. La banalidad del mal que Arendt reveló continúa siendo actual porque nos recuerda que el pensamiento crítico no es solo una competencia intelectual, es, sobre todo, una responsabilidad ética.
En estos tiempos de algoritmos que seleccionan cuidadosamente la información que consumimos, por redes sociales que premian la inmediatez y por discursos políticos que reducen los problemas más complejos de la sociedad a tres o cuatro palabras altisonantes, pensar críticamente exige un esfuerzo deliberado. Exige detenerse cuando todo nos invita a reaccionar; a verificar, cuando todos comparten sin comprobar; a escuchar cuando el entorno grita para tomar partido de inmediato. No es un ejercicio de neutralidad, es uno de honestidad intelectual.
Johan Galtung por su parte ofrece otra pieza del rompecabezas. Su teoría de la violencia cultural muestra cómo ciertas narrativas tienen como objetivo legitimar desigualdades, exclusiones y agresiones hasta normalizarlas. Recordemos que ninguna violencia se sostiene por la fuerza. Necesita relatos que la justifiquen, símbolos que la legitimen y lenguajes que la vuelvan aceptable. El pensamiento crítico constituye, precisamente, una forma de resistencia frente a esos procesos de naturalización. Cuando un discurso apuesta por presentar una injusticia como inevitable, el pensamiento crítico pregunta quién se beneficia de esa aparente inevitabilidad.
Tal vez, por este motivo el pensamiento crítico sea un ejercicio profundamente contrahegemónico. No porque se asocie con una ideología determinada en particular, o a una corriente política única. Lo es, debido a que cuestiona toda pretensión de convertir una interpretación, en una verdad sin fisuras. Resulta incompatible con cualquier dogmatismo, sin importar su origen, no obedece al Estado, o, a los vaivenes del mercado, no le resulta cómodo arrodillarse a la Iglesia, ni sentarse callado en la academia. Su lealtad no está con lo estático, sino con la búsqueda constante de mejores razones.
Lo menos saludable para cualquier sociedad, es la ausencia de diversidad. Una sola mirada sobre el mundo es sinónimo de miopía. Una sociedad saludable, es aquella en la cual su ciudadanía sea capaz de justificar sus desacuerdos, revisar sus convicciones cuando las evidencias las contradigan y reconocer que ninguna sociedad llega a ser próspera cuando las preguntas son sustituidas por consignas. El pluralismo no es capaz de sostenerse sobre la uniformidad de las respuestas, sino sobre la posibilidad de formular preguntas incómodas.
En tiempos de ánimos exaltados por el puño totalitario, el pensamiento crítico suele identificarse con la desobediencia o con la traición. A pesar de ello, una sociedad que castiga las preguntas termina empobreciendo sus respuestas. La historia humana demuestra que los mayores avances culturales, científicos, políticos comenzaron cuando una voz formuló una pregunta incómoda que interrogó lo que parecía evidente.
Ejercer el pensamiento crítico no garantiza encontrar la respuesta correcta. Pero sí nos inmuniza contra la aceptación sin resistencia a las respuestas que otros u otras elaboraron para nosotros. Posiblemente esta característica sea su mayor virtud y, al mismo tiempo, la razón por la que incomoda. Todo discurso hegemónico se fundamenta en la certeza; la democracia, en cambio, se consolida cuando tiene una ciudadanía ávida de preguntas. Y mientras existan personas dispuestas a cuestionar el orden, siempre existirá la esperanza de una sociedad más justa.
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