Colombia se ahoga en el hastío de su propia existencia. Desde hace años, su tejido social se ha ido deteriorando hasta convertirse en una profunda e inquietante crisis de convivencia. Somos una sociedad en permanente estado de crispación, donde una discusión puede convertirse fácilmente en una agresión, una riña en homicidio y una trivialidad en tragedia.
Una mirada, una palabra, una opinión, un empujón, una deuda, el ruido de un vecino, alguien que se cuela en una fila o una disputa familiar pueden abrirle la puerta a la violencia con todo su estruendo. Vivimos con los puños y los dientes afilados, esperando un motivo para utilizarlos.
La violencia colombiana ha sido pensada, principalmente, desde sus manifestaciones más visibles: paramilitarismo, guerrilla, bandas criminales, narcotráfico y agentes del Estado. Atentados, masacres, secuestros, homicidios y desplazamientos.
Es comprensible. Nuestra historia ha estado atravesada por estas manifestaciones. Sin embargo, aunque los hechos violentos pasen y dejen tras de sí desolación, terror y duelo, la violencia y su erosión permanecen incrustadas en la sociedad.
La violencia no es solamente estruendo. También sabe camuflarse en la cotidianidad. Su huella aparece en los lugares más anodinos y se manifiesta con facilidad en la manera como enfrentamos el desacuerdo.
Lo cierto es que llevamos décadas conviviendo con diferentes formas de violencia, hasta el punto de incorporarlas como una forma posible —e incluso legítima— de resolver los conflictos.
Esto no significa equiparar una riña con una masacre. Significa reconocer un vínculo más profundo: las sociedades sistemáticamente violentadas pueden terminar produciendo formas violentas de relacionamiento.
Cuando la violencia se vuelve normal
Johan Galtung señaló que la violencia no es únicamente aquella que podemos observar en un cuerpo herido o en una vida perdida. También puede instalarse en la cultura y en las estructuras sociales, creando las condiciones para que determinadas formas de agresión se reproduzcan y sean toleradas. La violencia estructural y cultural puede hacer que una sociedad pierda progresivamente su capacidad de asombro frente al acto violento y termine aceptándolo como un recurso disponible.
En Colombia, la violencia cultural resulta particularmente relevante porque no solamente ejercemos violencia en dosis diarias: también hemos aprendido a justificarla, normalizarla y, en ocasiones, minimizarla.
Durante demasiado tiempo hemos utilizado un lenguaje construido alrededor del enemigo: vándalo, guerrillero, terrorista, vago, mamerto, delincuente, comunista.
Las palabras han cambiado, pero la lógica permanece: clasificar al otro antes de escucharlo. Cuando el otro deja de ser reconocido como ciudadano y se convierte en una amenaza, el diálogo comienza a perder sentido.
Una sociedad que perdió la capacidad de tramitar el conflicto
Los datos sobre riñas resultan preocupantes precisamente porque muestran una dimensión cotidiana de la violencia, mucho menos excepcional que aquella asociada tradicionalmente al conflicto armado.
En Bogotá, durante los primeros meses de 2026, se reportaron miles de llamadas relacionadas con riñas. Durante 2025, la Secretaría Distrital de Seguridad indicó que cuatro de cada diez homicidios comenzaron con una ofensa, una riña o una agresión.
Estos datos muestran algo más que un problema de seguridad. Revelan las dificultades que tenemos como sociedad para tramitar los conflictos sin convertirlos en violencia.
Cuando un desacuerdo trivial termina en una agresión, aparece un síntoma inquietante: la pérdida de confianza, de empatía y de capacidad para reconocer al otro en su diferencia.
El tejido social consiste precisamente en la capacidad de vivir con otros. Implica confiar, cooperar, reconocer diferencias, resolver conflictos, respetar límites y aceptar que no necesitamos pensar igual para compartir un mismo espacio. Cuando esas capacidades se resquebrajan, la sociedad comienza a fragmentarse. El vecino se convierte en sospechoso. El desconocido genera desconfianza. El desacuerdo se interpreta como provocación. Los límites se disuelven y comienza a imponerse la ley del más fuerte. El miedo, la rabia, la impotencia y el abuso terminan convirtiéndose en moneda de cambio.
Los algoritmos han llevado esta lógica a otro nivel. En las redes sociales, el insulto reemplaza con ferocidad al argumento, la humillación pública se convierte en entretenimiento y la diferencia política adquiere las dimensiones de una guerra sin cuartel. Pero la pregunta fundamental no está únicamente en los datos sobre homicidios o riñas. Está en qué estamos haciendo como sociedad para revertir esta situación.
Si aceptamos que la violencia es también un aprendizaje cultural, eso quiere decir puede transmitirse entre generaciones. Un niño que crece observando a los adultos resolver sus diferencias mediante insultos, amenazas o golpes aprende algo sobre la manera de relacionarse con los demás.
Lo mismo ocurre cuando desde la política se glorifica la confrontación, cuando los medios convierten el conflicto en espectáculo para capturar audiencias o cuando una sociedad premia a quien consigue imponerse por la fuerza.
El ejercicio de la violencia comienza mucho antes del insulto o del golpe en la mandíbula. Comienza cuando aceptamos que el otro merece menos respeto porque piensa, habla o actúa de manera diferente.
Desaprender la violencia
Es responsabilidad del Estado responder frente al delito. Debe garantizar seguridad, investigar, judicializar y proteger a las víctimas. Pero una política de seguridad basada exclusivamente en la coerción, como la que se impone actualmente difícilmente resolverá el problema de fondo. También necesitamos reconstruir nuestras capacidades sociales para tramitar el conflicto.
Esto implica fortalecer la educación, la familia, las organizaciones comunitarias y los espacios de encuentro. Significa aprender a perder una discusión sin perder por ello la dignidad. Respetar las normas de convivencia. Entender que donde terminan mis derechos comienzan también los de los demás.
Y, sobre todo, reconocer al otro como sujeto de derechos sin que ese reconocimiento implique renunciar a nuestras propias convicciones.
Colombia se ha empeñado durante décadas en combatir la violencia cuando adquiere un rostro armado. Pero ha descuidado esa violencia cotidiana, aparentemente insignificante, que termina revelando algo mucho más profundo.
Hemos estado sometidos durante demasiado tiempo a diferentes formas de violencia y su impacto silencioso nos ha ido fracturando. Quizá el resultado más preocupante de esta historia no sea solamente que tengamos una sociedad violenta. Es que estamos comenzando a olvidar cómo convivir. Y tal vez esa sea otra de nuestras preguntas pendientes:
¿Cuánta violencia necesita una sociedad para empezar a olvidar cómo convivir consigo misma?
Juan Ladrón de Guevara Parra
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